Ir al contenido principal

Capítulo 7-El hijo de la araña




Nací en una época de turbulencias, un año antes de que Perón llegara a Ezeiza. Según me contaron fue como a las cuatro de la tarde un día de calor insoportable, demasiado cruel para lo que suele ser el mes de noviembre en nuestra ciudad. No sé quién acompañó a mi mamá a la maternidad provincial. Mi papá seguro no estuvo. Ni en el parto ni en el proceso de recuperación. Trabajaba en una fábrica de autopartes, la Thompson Ramco, y vivía de asambleas y protestas, quemando gomas o reclamando por los despidos de algún operario. Una excusa cuanto menos enigmática, sobre todo, si tenemos en cuenta que siempre fue una persona de tinte más bien liberal que evitaba las discusiones políticas y cualquier forma de protesta. Más allá de que los hechos están impregnados por miles de significados y nunca podré acceder a su desnudez, su ausencia en mi nacimiento me produce varios signos de interrogación.
El obstetra que atendió a mi mamá tenía su carácter y no demostró reparos a la hora de predicarle una homilía. No sé si lo hizo porque eran otros tiempos o porque mi mamá provocaba esa clase de reacciones en la gente. El asunto fue que mientras las enfermeras la ayudaban a colocarse la bata y el gorro de quirófano en la cabeza, en medio del fuerte olor a alcohol y anestesia, el médico la estuvo retando didáctica pero vigorosamente acerca de que por nada del mundo un esposo debía dejar sola a su mujer en situaciones como esas.
—Está con problemas en el trabajo, doctor.
—Ningún trabajo puede ser más importante que la llegada de una criatura. Debería saberlo señora. ¿Nadie se lo enseñó a su esposo?

Mi mamá no era de esas mujeres que le hubiesen respondido “mejor métase en su vida y haga lo que tiene que hacer, me haría un gran favor en este momento”, sino que aceptó dócilmente las recriminaciones (por más que después iba a estar toda su vida acordándose del episodio) y se sometió en silencio a los trabajos de parto, mordiéndose los labios y deseando encontrarse en cualquier sitio del universo menos en esa maternidad.
Según me contaron, la cosa vino complicada. En el canal de la pelvis ingerí líquido amniótico. Un asunto que no parece tan grave –la única secuela que me quedó fueron tres grados de astigmatismo en el ojo izquierdo– pero hizo que todos los que estaban alrededor de mi madre fruncieran el ceño y comenzaran a transpirar.

Más tarde, cuando mi nacimiento no era más que una cuestión de datos asentados en una planilla del registro civil, el obstetra se apareció de nuevo en la habitación para hacer la visita de rigor. Como ahora, la maternidad en aquella época albergaba a las parturientas que no podían pagarse un hospital; un internado precario donde las mujeres compartían el mismo salón para recuperarse de los alumbramientos. Allí, los médicos mezclaban la salud con la moral bajo el supuesto de que los pobres no estaban habilitados para pensar por sí mismos, como si el simple hecho de tener un diploma colgando en la pared, otorgado por la universidad, los habilitase para hacerlo. 
—Su marido… ¿Todavía no ha venido?
—Mandamos un mensaje a la fábrica. Quedaron en que iban a avisarle apenas lo vieran.
—¿Usted es consciente de lo que significa llegar al mundo y que no esté un padre para recibirnos?
—No, doctor.
—Un daño irreparable... No importa. Mañana por la mañana le vamos a firmar el alta. Vendré a verla. Pero le digo una cosa: si su marido no está, olvídese de irse a su casa. Usted no va a salir de esta maternidad con ese niñito en los brazos. Esa es tarea de su marido. Dígale así: “dice el doctor que personalmente quiere hablar con vos”. Ya lo vamos a poner en órbita de nuevo.

Ignoro cómo concluyó el episodio. Supongo que mi papá finalmente se enteró de mi nacimiento y fue a buscarnos a la maternidad. De todos modos, no se produjeron las consecuencias que el médico pronosticó. No sucedió que vino al mundo un ser distinto de los demás, no tuve “daños irreparables”. Las circunstancias no siempre son tan relevantes. Al fin y al cabo mi papá tampoco estuvo cuando nacieron mis otros hermanos y ninguno debió enfrentar su vida como una tragedia. Y si el asunto después se convirtió en moneda corriente en el discurso de mi mamá, si pasó a ser parte de sus recuerdos más importantes, se debió, sin dudas, a que ella fue la única de la familia que lo sufrió. Tan solo ella y nadie más.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

35

El primer texto en prosa que escribí, según mis cálculos, fue hace unos 35 años aproximadamente. No se trató de una ficción ni de un ensayo reflexivo. Nada que ver. Fue la crónica de un partido de fútbol. Estaba en el último año del secundario, definiendo mi vocación. Los domingos, después de comer, me gustaba mucho escuchar las transmisiones deportivas que pasaban, no recuerdo si por LV2 o LV3. Proponían un ejercicio interesante de imaginación; estimulado por el vocabulario —mucho más amplio que el mío— y la astucia de los periodistas y el relator. Antes de empezar un partido había una suerte de "editorial" que ponía en contexto la magnitud del encuentro y los distintos detalles del escenario, mientras tanto se esperaba la salida de los protagonistas de la "gesta", que eran los jugadores. Una puesta teatral que me mantenía pegado al centro musical, en la pieza de mi hermano, durante más de dos horas y permitía que mi mente viajara y disfrutara como si e...

52

Te despertás en medio de la noche listo para la batalla diseñás los movimientos probás distintas alternativas hasta que te das cuenta (de que) falta mucho para hacerse de día Pero es tan adictivo el pensar Son tan deliciosas las vidas que aún no has vivido un rato de un costado un rato del otro encima de la almohada debajo de la almohada Los secretos Que solo dios sabe Y pensar que así La gente se casa Se muda Se separa Acepta un trabajo  O lo rechaza Así se resuelven las batallas? A veces la mañana te espera Con los brazos abiertos Como hoy Con el café tibio  Y el edulcorante Las cosas sin gluten El paracetamol y el ibuprofeno Heridas que te dejaron alguna que otra batalla A lo largo de todos estos años Las heridas son tan vistosas como las medallas Las heridas hablan Hay que escucharlas La tarde que espere La batalla Llevará su tiempo Así siempre lo has hecho Con delicadeza y precisión Tu espada es el pensamiento  Tu escudo es el recuerdo  Tu bastón, el Google Driv...

La noche de las lecturas

La noche de las lecturas Lo he contado varias veces: en mi casa no había libros. Así que mis primeras experiencias con la lectura no estuvieron relacionadas con lo que ustedes conocen como literatura. Había revistas que traían figurines, porque mi mamá cosía, y otras con historietas, como El Tony o Intervalo , y que los grandes usaban cuando iban al baño. Me atraían más los dibujos que las palabras. Había también una colección de fascículos con la historia de los mundiales. Desde el primero hasta Alemania 74. Supongo que habían salido a la venta para aprovechar la euforia que se vivió en el país durante la previa del 78. Me gustaba olerlos, tocarlos, sentir su textura, fría y suave, propia del papel ilustración. Venían con caricaturas y recreaciones de jugadas famosas en color. Si tengo que pensar cómo fue que empecé a leer, me viene a la mente uno de esos fascículos, uno en particular. No me refiero a la lectura en el sentido escolar del término, a eso de deletrear palabr...