Mantengo el recuerdo de una noche de reyes magos en que vi la silueta de mis padres, entre sueños, poniendo los regalos junto a los zapatos, al costado de la cama. Y que al otro día, en lugar de investigar y profundizar aquella visión nocturna, preferí seguir creyendo que habían sido los reyes magos. En definitiva, elegí seguir cultivando la imaginación, que es una de mis prácticas favoritas de la niñez (en otro momento contaré de un dispositivo que había creado con la imaginación y que me cumplía todos los deseos, como una lámpara de aladino, pero mejor). Le comentaba este episodio de los reyes magos a una querida colega -ella recordaba la vez que le habían traído un juego de sillones en mimbre, tamaño infantil- y me vino a la mente la palabra mímesis y su importancia en la construcción de nosotros mismos.
Se trata de un concepto demasiado complejo como para tratarlo superficialmente. En el campo del arte, surge con la misma antigüedad greco-latina. Para Platón, la mímesis era una suerte de engaño, una mera apariencia -y ficcional- de las cosas, una copia o imitación imperfecta de las ideas trascendentales que configuraban el mundo superior. Aristóteles, por el contrario, instala el concepto de mímesis como actividad esencial para el arte y los sujetos. En su Poética la define como una forma de aprendizaje y catarsis emocional, destacando su potencialidad para representar las acciones humanas y transmitir verdades universales.
En la misma línea, ya más cercano a nosotros en el tiempo, el filólogo alemán Erich Auerbach (1892-1957) postula que no se reduce simplemente a un acto de imitación, sino que es un modo de interpretar y explorar las verdades profundas de la experiencia humana (Mïmesis: la representación de la realidad en la literatura occidental). De esta manera, las obras literarias no solo muestran la realidad física, sino también las contradicciones, conflictos y complejidades de las vidas individuales.
Otro que abordó este tema fue el filósofo estadounidense Kendall Walton, en 1990, con la publicación de Mimesis as Make-Believe: On the Foundations of the Representational Arts. En esta investigación profundiza la idea de que las representaciones, tanto en las artes visuales como en la ficción, desempeñan un papel más que importante en nuestras vidas y nuestra cultura. En el primer capítulo de este libro, “Representación y fantasía”, sostiene que para entender el arte plástico, las obras de teatro, las películas y los cuentos y novelas, debemos mirar primero los juegos que pertenecen al mundo de la infancia: las muñecas, los caballitos de juguete, los autitos y los ositos de peluche, entre otros artefactos que se nos puedan ocurrir. Dichas prácticas infantiles serían el germen de las prácticas artísticas que se llevan a cabo luego en la adultez, en el sentido de valerse de determinados accesorios (juguetes-obras) para explorar y descubrir tanto nuestro entorno como a nosotros mismos. Nos ayudan, en definitiva, a saber quiénes somos y de qué material estamos hechos.
Los juegos infantiles, la mamá y el papá, el médico, la almacenera, el ladrón y el policía, etcétera, se nutren de la fantasía y la imaginación. Son actividades del pensamiento creativo que nos permiten comprender con seriedad la realidad en la que estamos inmersos. Sería un error pensar que solo se trata de un simple modo de entretenimiento y diversión. Participar en esta clase de estrategias nos permite adquirir práctica y oficio en roles que se podrían asumir algún día en la vida real, como así también, nos ayudan a socializar y empatizar con los demás; nos permiten enfrentar nuestros propios sentimientos y emociones, y ampliar nuestro enfoque a nuevas perspectivas.
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