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El primer texto en prosa que escribí, según mis cálculos, fue hace unos 35 años aproximadamente. No se trató de una ficción ni de un ensayo reflexivo. Nada que ver. Fue la crónica de un partido de fútbol. Estaba en el último año del secundario, definiendo mi vocación. Los domingos, después de comer, me gustaba mucho escuchar las transmisiones deportivas que pasaban, no recuerdo si por LV2 o LV3. Proponían un ejercicio interesante de imaginación; estimulado por el vocabulario —mucho más amplio que el mío— y la astucia de los periodistas y el relator. Antes de empezar un partido había una suerte de "editorial" que ponía en contexto la magnitud del encuentro y los distintos detalles del escenario, mientras tanto se esperaba la salida de los protagonistas de la "gesta", que eran los jugadores. Una puesta teatral que me mantenía pegado al centro musical, en la pieza de mi hermano, durante más de dos horas y permitía que mi mente viajara y disfrutara como si estuviera en la cancha.

En la escuela me iba bien en matemática, y todo indicaba que iba a estudiar en la universidad algo relacionado con los números. Probablemente, ciencias económicas. No estaba muy convencido, pero siempre me costó desoír la influencia de los demás. Además, tenía facilidad para el álgebra y el cálculo. Eso es cierto. Sin embargo, también me gustaba la música, la lectura, la radio, el cine, el diario, la guitarra. ¿Cómo encuadrar todo eso en una carrera universitaria? Desde luego, se trataba de una utopía. No había posibilidad de encontrar un camino que me garantizara monetizar en el futuro todo lo que me gustaba.

Así fue como, mientras se acercaba el final del secundario, y con ello la hora de inscribirse en la facultad, me senté un día en la mesa del comedor de mi casa, con una hoja A4, sin renglones, una lapicera Bic, y escribí la crónica del partido que un rato antes había escuchado por la radio. Creo que fue una manera de resistirme al mandato de la contabilidad, un pedido de ayuda para tratar de evitar lo inevitable. Digo todo esto porque, al terminar el texto, no me lo guardé, sino que lo dejé encima de la mesa, corrí la silla y me fui a mi dormitorio. No recuerdo si lo hice explícitamente, para que alguien lo leyera, o fue uno de esos descuidos intencionales que todos solemos tener cada tanto. La cuestión es que mi papá lo terminó encontrando. El texto no era muy original que digamos. Había empleado muchas de las imágenes y las metáforas que los periodistas ya habían usado por la tarde. Pero mi papá no se dio cuenta, o hizo de cuenta que no se dio cuenta, y se mostró muy sorprendido por el resultado y me dio un aprobado con felicitaciones. Su criterio no era uno más del montón. Trabajaba de fotógrafo en La Voz del Interior -él decía “Reportero gráfico”- y conocía el oficio como nadie. Me alentó diciendo que tenía que seguir escribiendo, que lo había hecho muy bien, incluso me dijo que iba a llevar el texto a la redacción del diario para que lo vieran sus colegas. A mí me parecía exagerado. Había escrito algo que funcionaba, eso era evidente, pero no podía sentirlo como “completamente mío”. Solo había acomodado un poco distinto lo que otros habían dicho en la radio (no sabía que eso era también una forma de escribir).

Más allá de esos detalles, aquella situación vino para sacar a la luz una parte de mí que estaba bastante escondida: el "expresarme". Aquel primer texto me hizo descubrir que se podía decir un poco más de lo habitual y lo formal, de lo meramente mecánico. Se podían modelar las frases y las palabras para lograr un efecto. Solo había que abrir una compuerta dentro de nosotros mismos y dejarnos fluir. Me acuerdo que empecé a practicarlo en los exámenes escritos y en las guías de preguntas que me daban en la escuela, sobre todo, en materias como filosofía, psicología, historia y literatura. Un texto bien escrito pasaba a tener otro valor, podía impresionar al otro. Hasta ese momento nunca lo había pensado. Así, de repente, descubrí la idea de la composición: si uno se esmeraba un poco, si echaba mano a la creatividad antes de soltar las palabras, podía obtener un texto mejor. Ese fue el verdadero regalo que me había traído aquel primer texto.

Al año siguiente, finalmente, empecé en ciencias económicas. Aprobé el curso de ingreso y me las arreglé para sobrevivir durante el primer semestre. No obstante, algo diferente había nacido en mí. Diría casi una necesidad. Poner palabras en un papel no era solo poner palabras en un papel; también me permitía ser quien quería ser; me posibilitaba alejarme del mundo y, al mismo tiempo, sentirme cerca de él. Aquel primer texto me lo había demostrado, y ya no iba a volver atrás.

Comentarios

  1. La génesis de Moyano! Un placer leerte siempre Emilio querido. Abrazo enorme. AC

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  2. Lindo leerte Emilio. Y me lo llevo para compartirlo en FVT de 6to año que trabajamos vocación. Gracias.

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  3. Hermosa crónica del nacimiento de una vocación! La opción por lo auténtico que cada uno es. Hermoso relato Emilio!

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